El Grupo de Historia Económica de la Universidad de Murcia
se ha lanzado a investigar las causas que influyen en el crecimiento.
Además de la genética, el rollo del que hablan siempre para
estas cosas, dan importancia a eso que las madres han defendido desde tiempos
ancestrales: la alimentación.
Es una de sus grandes luchas junto con el orden de nuestro
cuarto, los estudios y la hora de llegada los fines de semana. Desde que
nacemos su gran preocupación es que sus niños estén bien alimentados.
Por supuesto nosotros cumplimos con nuestro papel de hijos
haciendo lo contrario. De pequeños somos malos comedores, las atormentamos con
nuestros “nooo, no tero”. Eso suele
cambiar en la adolescencia, sobre todo entre los chicos que despiertan la tenia
que llevan dentro y son capaces de comerse todo lo que pillen, “es que está
creciendo, déjale que coma”, dirá esa madre orgullosa, por fin su niño
considera que tres platos hasta arriba para comer no son demasiados.
Cuando se acerquen a los 30 volverán a sus orígenes y la
comida será el enemigo. Todo les parecerá demasiado “calórico”. Esa será la
palabra que más utilizarán. Se vuelven algo paranoicos con lo de la comida:
nada de carnes rojas, poca sal, dietas dukan o ayurvédicas (sólo con el nombre
ya se intuye que muy normales no son), veganismo radical, refrescos naturales
sin gas, el pan es el demonio. Y ejercicio, ejercicio, ejercicio.
El desconcierto vuelve a la madre: “pero si nada más te he puesto tres platos, aperitivos, un bol de
ensalada para todo un ejército y un flan casero, eso en media hora se te ha
bajado a los tobillos. Como sigas comiendo tan poco vas a enfermar”.
Aunque siempre queda algún buen hijo que por no darle ese
disgusto a su madre no se deja en el plato nada de lo que le pone y lo
complementa comiendo toda clase de comida basura que pueda a todas horas. Ese
niño llorón que tardaba una hora en comerse el potito, es hoy en día un tipo de
“complexión generosa”, un repetidor nato de natillas o costillas con salsa.
Como os decía no es un estudio demasiado novedoso. Otra de
sus conclusiones es que la altura media ha aumentado conforme las condiciones
de vida han mejorado. Vamos, que ahora somos más altos y sanos que en el siglo
XVI. Pues gracias por la información, nunca lo habría pensado, en las películas
se les ve tan lozanos y rollizos con esos trajes tan chulos. Bueno a veces
salen unos pobres muriéndose de hambre, pero no son los protagonistas.
Pero resalta un dato que sí me parece interesante. Gracias a
este detalle he comprendido algunas cosas sobre mi crecimiento. Nos dice que
las familias menos numerosas tienden a aumentar la talla de sus componentes.
Eso explica por qué me quedé en mi 1,70 raspao. Yo era hijo único hasta los 16,
cuando nació mi hermano. Justo la edad a la que das el último estirón. Pero mis
centímetros se los llevó ese niño. Podría haber llegado hasta el 1,80 si mis
padres hubieran aguantado un par de meses sin tener descuidos tontos.
Maldito destino, me arrebataste lo que era mío. Otro motivo
para odiar la vida y al resto de humanos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario